Título : Cosechás lo que Sembrás    Ley de Oro

Autor : Carlos Campos Colegial

Diseño de portada e ilustración: Carlos Campos Colegial

Maquetación: Carlos Campos Colegial

Corrección del texto :
 
Carmen Marlene Rojas Ibarra


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Primera Edición: Febrero 01 de 2026



               Cosechás lo que Sembrás               Carlos Campos Colegial

    Para quienes leyeron Los últimos 50 años, sabrán que aquel 4 de julio de 1974 marcó un antes y un después en mi existencia. Gracias a una información obtenida de segunda mano —pero que resultó más valiosa que cualquier confidencia directa—, tuve el privilegio de ser iniciado en los placeres del sexo por una dama espectacular, imposible de olvidar. Fue ella quien me condujo, con ternura y maestría, por los caminos del deseo bien guiado, donde el deleite solo hallaba sentido en la entrega plena y en la búsqueda incansable de la satisfacción mutua. Aquella enseñanza se prolongó a lo largo de incontables visitas a su residencia, durante algo más de un año; fue una suerte de formación íntima, intensa, y reveladora.

     Gracias a ese singular aprendizaje, puedo decir —sin asomo de duda— que jamás he pagado por sexo. Y, como si mi pluma se aliara con mi pasión, la elaboración fluida de acrósticos se convirtió en un puente eficaz hacia los corazones que deseaba conquistar. Siempre supe transitar con acierto ese misterioso territorio donde el cuerpo y la palabra se abrazan.

     Traigo a colación este recuerdo no como simple anécdota, sino como pórtico de lo que está por narrarse, y como cimiento esencial de esta historia en la que la vida, con su sabiduría implacable, nos enseña que nada queda impune, que ningún acto —sobre todo aquellos que hieren el amor— se pierde en el vacío. Tarde o temprano, todo regresa. Y lo que sembramos, incluso con la mejor intención, puede germinar en dolor si no brota desde la verdad.

          Cosechás lo que Sembrás          Carlos Campos Colegial

      En mi caso, tengo la fortuna de estar saldando esa deuda en esta misma existencia, que ya comienza a desvanecerse como un crepúsculo. Desde el instante en que comprendí el porqué de todo cuanto me estaba ocurriendo, no he hecho más que agradecer a los seres superiores por brindarme esta oportunidad sagrada de restaurar, aunque sea en parte, el daño que hice —daño que, lo sé, es imposible reparar plenamente en quienes lo recibieron. Si víctimas pueden llamarse, que sea con el respeto del alma. El arrepentimiento y el perdón, en realidad, no existen. Al menos no como comúnmente se entienden, y por una razón muy sencilla: si estos dos elementos existieran tal como los concebimos, la ley de causa y efecto —o la eterna ley de siembra y cosecha— perdería su vigencia en esos aspectos fundamentales. ¿Qué sentido tendría entonces? Tú me haces daño, yo te perdono... ¿y en dónde queda la justicia intrínseca del universo? Sería como pretender que la ley de la gravedad funcione en unas circunstancias sí, y en otras no.

      Corría el año 1976 cuando, un día cualquiera, un amigo de mi padre —a quien jamás había tratado en lo más mínimo— se dio a la tarea de calumniarme ante él. Le aseguró, sin prueba ni recato, que yo solía frecuentar los prostíbulos que estaban ubicados a la salida del pueblo. Don Pacho, sin molestarse siquiera en preguntarme si aquello era cierto, dio por sentada la acusación. De inmediato le ordenó a doña Carmen que, en adelante, lavara mi ropa aparte de la de los demás, y que lo hiciera pasándola primero por agua hirviendo, con el propósito de desinfectarla de las supuestas bacterias adquiridas en aquellos "lugares de perdición", como se les conocía entonces.

 

          Cosechás lo que Sembrás          Carlos Campos Colegial

     Cuando, al cabo de un tiempo, supe con certeza quién era el autor de semejante infamia —y teniendo la conciencia absolutamente tranquila de no haber puesto jamás un pie en uno de esos sitios—, decidí confrontarlo. No por venganza, sino para advertirle que la humillación que estaba viviendo en mi propia casa por su culpa no quedaría sin respuesta.

     Un buen día reuní valor, entré a su oficina, lo saludé con cortesía, y tras un breve preámbulo le hice saber lo que había causado con su comentario. Mientras le hablaba, noté que en su rostro no desaparecía una sonrisa cínica, apenas contenida, como si disfrutara la escena. Pronuncié mi sentencia sin el menor asomo de rabia. Por el contrario, había en mí una extraña certeza: no sabía cómo, ni cuándo, pero estaba convencido de que lo que acababa de afirmar se tornaría, tarde o temprano, en realidad. Le advertí que la próxima vez que estuviéramos frente a frente sería para decirle, mirándolo a los ojos: "Esto es por lo que usted causó en mi ser hace tantos años".

      Él, sin borrar esa sonrisa sarcástica, extendió los brazos y, agitándolos levemente, exclamó: ¡Mira cómo tiemblo!
Y de inmediato me invitó a salir de la oficina. Obedecí sin protestar, sintiendo una paz extraña, como quien ha hecho lo correcto, y sabiendo —desde lo más profundo de mí— que aquello dicho, algún día, se cumpliría.

     Esa noche, al llegar a casa, mi padre me esperaba con el ceño fruncido. Me reclamó con severidad por la supuesta falta de respeto hacia su amigo, y, como si eso no bastara, añadió lo más grave: la amenaza que, según él, yo había lanzado. 

 

                  Cosechás lo que Sembrás               de   Carlos Campos Colegial

     Apenas acerté a responderle, con voz serena, que ya faltaba muy poco para cumplir la mayoría de edad, y así emanciparme formalmente. Añadí que, una vez lo hiciera, todos quedarían en paz... y, antes de retirarme, le aseguré que a ese señor le cobraría su ofensa. No sabía cuándo ni cómo, pero como solía decir en tono popular:
—¡Tiene más rebaja una guía de marranos!

     Desde ese día, y por muchos que siguieron, inicié una práctica secreta y constante: cada noche, al cerrar los ojos, y cada mañana, antes de abrirlos por completo, elevaba una petición silenciosa a mi mente subconsciente. No pedía venganza vulgar ni castigo físico, tampoco daño a sus bienes. Solo deseaba que el universo me concediera la oportunidad de hacerle sentir, de alguna forma, una experiencia que lo marcara para siempre, como él lo había hecho conmigo.

    Pero pronto descubrí algo perturbador: la mente no distingue entre el bien y el mal, ni sabe lo que es conveniente o perjudicial para nuestra evolución, ya sea en esta vida o en las que vendrán. Lo más grave es que, cuando siembras en ella una intención, no importa su naturaleza, esa semilla germina y asumir las consecuencias de nuestros errores es una ley ineludible, aunque la mente —en su afán por complacernos— nos conduzca a situaciones que parecen normales y sin riesgo. Sin embargo, tarde o temprano, el resultado puede escaparse de nuestras manos. El mal que hacemos regresa, inevitablemente, y lo hace en los momentos más inoportunos, justo cuando, por decirlo en términos coloquiales, no tenemos con qué "pagar".

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               Cosechás lo que Sembrás              
Carlos Campos Colegial

     Al cumplir la mayoría de edad, tal como lo había previsto desde años atrás cuando diseñé mi programa de vida, abandoné el hogar paterno para enfrentar el mundo. O, como solía decirlo con cierta solemnidad, salí para descubrir de qué estaba hecho y cuál sería mi verdadero rol en esa adultez que se acercaba con paso firme y que yo esperaba con ansias. Éramos muy pocos los que, más allá de los días de estudiante, nos atrevíamos a proyectarnos mentalmente en ese futuro cargado de expectativas y posibles escenarios por desarrollar.

     Concluí el bachillerato y, fiel al decreto que pronuncié el día en que, uno a uno, fuimos llamados al frente para anunciar qué estudiaríamos y dónde, comencé mi vida laboral el domingo 20 de julio de 1980. Por un accidente fortuito del destino, inicié como conductor de un bus intermunicipal que cubría la ruta entre Pamplona y Cucutilla. Ejercí aquella labor durante poco más de un año, tiempo suficiente para establecer conexiones que, en septiembre de 1981, me permitieron ingresar a una empresa de servicios petroleros.

     Allí empecé desde abajo, como conductor en la zona rural del corregimiento de El Llanito, muy cerca de Barrancabermeja, donde permanecí en aquel lugar un poco más de año y medio. A solicitud del propietario de la empresa, me quedé allí para iniciar el proceso de instalación de una oficina sede en Barrancabermeja. Fue entonces cuando conocí a Maureen Luz, con quien compartí treinta años de mi vida. Juntos vivimos una gama tan amplia y profunda de experiencias, que me atrevo a decir que ni el más adinerado o influyente personaje de la región  —y por qué no decirlo, del país— habría podido experimentarlas con igual intensidad.

                Cosechás lo que Sembrás               Carlos Campos Colegial

     A mediados de 1985, tomé en arriendo una oficina para la empresa en el edificio CAMERBASA de Barrancabermeja. Una mañana cualquiera, mientras contemplaba el panorama desde una de las ventanas, vi salir del supermercado que quedaba justo al frente a una joven agraciada, cuya figura reconocí de inmediato. Cerré la oficina y bajé apresuradamente con la intención de alcanzarla. Me adelanté unos pasos, di la vuelta y, al tenerla frente a mí, la saludé con cortesía, presentándome de manera amable.

     Su sorpresa inicial dio paso a una conversación fluida, que culminó en una invitación a almorzar. Allí, inspirado, le confeccioné un acróstico que pareció tocar su corazón. A partir de ese instante, comenzó a nacer en ella un sentimiento que, muy pronto, se transformó en algo más intenso, más profundo, y del todo imposible de contener.

      Sin embargo, ella era algo menor que yo, y por esa razón, en mi mente estaba vetada. Siempre he tenido una tendencia —casi una constante— a entablar relaciones con personas mayores, al menos por unos pocos años. Aun así, continuamos con lo que podría llamarse un "noviazgo", aunque en realidad tenía matices más complejos. Y fue precisamente en uno de esos momentos de cercanía, cuando ella, desesperada, me pidió que adelantáramos nuestra luna de miel. Argumentaba con firmeza que, hasta que nuestra unión no fuera bendecida por un sacerdote, no ocurriría nada entre nosotros.    

                Cosechás lo que Sembrás               Carlos Campos Colegial

      Aquella declaración no solo elevó mis expectativas, sino que también intensificó el sentimiento que ella sentía por mí. Desde ese instante, comenzamos a planear nuestro matrimonio, que tendría lugar en Pamplona, su ciudad natal.

       Cabe anotar que nunca le manifesté que éramos paisanos. De hecho, cuando me contó de dónde provenía, le pedí, como quien no sabe, que me hablara de su tierra, de sus costumbres, de su gastronomía, de sus paisajes… Cada día crecía en mí un deseo más profundo por conocer aquella ciudad culta, noble y de clima frío que ella describía con tanto amor. Me contaba cómo la Universidad de Pamplona —de la cual era egresada— había ampliado su oferta académica, situándose al nivel de muchas de las grandes instituciones de formación profesional del país.

       Generalmente la esperaba todos los días a la salida del plantel donde trabajaba como profesora de educación física, y la acompañaba hasta su residencia, a escasas cinco cuadras de allí. Si no tenía obligaciones pendientes, me quedaba con ella en su pequeño aparta estudio. Escuchábamos música, veíamos de vez en cuando alguna película, y matizábamos esos encuentros con besos suculentos, de los cuales —por fortuna— pude salir ileso y cumplir con lo prometido.

    Fue, sin duda, uno de los desafíos más arduos que afronté en mucho tiempo. Tuvimos que sortear situaciones verdaderamente extremas, como aquella tarde en que, estando en su apartamento, se desató un aguacero con tormenta eléctrica. La lluvia no cesaba, y como no escampaba la solución era quedarme allí, con un plus inesperado: se fue la luz durante  gran parte de la noche.

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     Nos duchamos y nos acostamos totalmente desnudos. Después de mirarnos a los ojos en silencio durante unos largos minutos, nos abrazamos, y así permanecimos el resto de la noche. Fue una noche sumamente larga y tormentosa… pero con resultados espléndidos para la macabra intención que acompañaba toda esta conquista.

      El tiempo transcurría de forma inevitable, y el gran día de nuestro matrimonio se acercaba con una velocidad que hubiese querido poder detener… o al menos ralentizar. Pero no era así. Semana tras semana, recibía algún recordatorio sobre la fecha de aquella ceremonia inolvidable, y sobre los trámites pendientes que aún debíamos cumplir para que todo estuviera "a pedir de boca".

    En ocasiones, al proyectarme mentalmente hacia el momento del encuentro final —e imaginar el dolor que causaría a mi novia y a su familia— me invadía un impulso de frenar todo, de abortar la operación. Pero bastaba ver el entusiasmo de aquel ser, la devoción que me profesaba con ese amor ciego, para que volviera a abrazar el plan original. Eso sí, cuidándome meticulosamente de no dejar pistas, de no filtrar datos que me delataran frente a su familia y arruinaran la "sorpresa".

     El tiempo, implacable, siguió corriendo. Cada día nos acercaba más a la fecha marcada en el calendario: el matrimonio en Pamplona (Norte de Santander). Los preparativos, ineludibles, debían comenzar ya pero yo los postergaba una y otra vez con todo tipo de excusas. Mi argumento favorito era que viajaríamos dos días antes, lo cual nos daría tiempo suficiente para resolver todo lo necesario y tenerlo listo para aquel inolvidable día.  

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      Después de haber dejado todo organizado en Barranca, y aprovechando que ella disfrutaba de las vacaciones de mitad de año, partimos un miércoles muy temprano. Llegamos a Bucaramanga hacia las diez de la mañana. Dejamos las maletas en custodia en la terminal y nos dirigimos al centro, donde compramos varios obsequios para su familia, además de algunos detalles para complementar los preparativos que ya tenían listos en Pamplona.

     Retomamos el viaje a las dos de la tarde y llegamos a nuestro destino pasadas las seis. Antes de dirigirnos a la casa de sus padres, le pedí la dirección para llegar un poco más tarde, alegando que primero debía instalarme en el hotel Cariongo, donde supuestamente había hecho una reserva. Ya habíamos acordado que no me hospedaría en casa de sus padres, a pesar de su generosa oferta, sino en un hotel cercano.

     Dejé la maleta en un pequeño negocio ubicado en el parque, justo en el corredor por donde pasaban los buses hacia Cúcuta y Bucaramanga. Desde allí me dirigí a la residencia de mi novia.

     El recibimiento no pudo ser más cálido. Su madre, un ser verdaderamente encantador, su hermana menor y su padre —quien aún no me conocía y ni remotamente sospechaba lo que estaba a punto de acontecer— me acogieron con afecto y cortesía. Nos reunimos en una amplia sala; luego de las presentaciones de rigor, conversamos un rato. Justo cuando nos disponíamos a disfrutar de la cena que habían preparado con esmero, su padre insistió en dejar zanjados los detalles de la boda que tendría lugar el próximo sábado, en la iglesia de  Nuestra Señora del Carmen.

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                Cosechás lo que Sembrás               Carlos Campos Colegial

     Solo después de ello, dijo, podríamos pasar a cenar con tranquilidad… ...tenían preparada, por lo que mi plan se vio acortado mucho más de lo que había presupuestado. Fue entonces cuando tomé la palabra y, dirigiéndome principalmente al señor —aunque su esposa se encontraba sentada a su lado—, le hablé con firmeza:

—Perdóneme, pero no puedo casarme —dije, mirando a la muchacha—. Acabo de darme cuenta de que usted es hija de don Fulano de Tal. Y resulta que yo soy Carlos Campos, hijo de Pachito, como usted solía llamarlo. Hace poco más de diez años usted, por razones que aún desconozco, me difamó ante mi padre. Le aseguró que yo frecuentaba casas de lenocinio —los prostíbulos del camellón, rumbo a la salida de Cúcuta—, lo que desencadenó una serie de humillaciones en mi hogar que se prolongaron durante años.

—¿Lo recuerda, don Fulano? —continué con voz serena pero firme—. Un día cualquiera me acerqué a su oficina para hablarle de lo sucedido, con la esperanza de que se retractara, pues usted sabía bien que aquello era una mentira. Y sin embargo, con una sonrisa en el rostro, me dijo que jamás se desmentiría. No me quedó entonces más que lanzarle una sentencia, la cual —como puede ver— hoy se cumple.

      En ese momento, usted, levantando los brazos con una sonrisa burlona, me dijo: "¡Mire cómo tiemblo!". Y acto seguido, me expulsó de su oficina. Pero no bastándole con eso, fue de inmediato a buscar a mi padre para contarle que lo había amenazado. Esa noche, al llegar a casa, recibí de él una andanada de insultos y reprimendas que sellaron aún más el dolor de aquella injusticia.

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